Alex Castro

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El adolescente y su relación con el adulto

noviembre 16, 2018 Adolescentes
El adolescente y su relación con el adulto

En el presente escrito se aborda un tema que es recurrente tanto en adultos, como en adolescentes.

A lo largo de mi experiencia en la atención de estos últimos y sus familias ha habido un par de hechos constantes, no en el motivo de consulta, éste es de lo más variado: desde el consumo de sustancias hasta las fugas de casa, pasando por la desobediencia, entre otras cosas. La primer constante es un alejamiento en diversos aspectos de la relación adulto – adolescente; no haré una distinción de género (padre – madre o adolescente femenino o masculino), no porque no la considere importante, sino porque tanto madres como padres y adolescentes en general presentan estas características.

La segunda se refiere a que quien solicita el apoyo, siempre es un adulto[1] que “identifica” algún rasgo de la conducta del adolescente como un problema. He pensado que esto debe de tener una explicación y es lo que pretendo abordar a continuación.

¿Qué pasa en esta etapa de vida que las fricciones entre adultos y adolescentes, se incrementan? Ya lo mencionaban Minuchin y Fishman[2] (1996), en la adolescencia se comienzan a tomar decisiones, las cuales en ocasiones no son bien recibidas por los padres.

¿Qué pasaría, por ejemplo, si el adulto recuerda su adolescencia y es condescendiente con el joven que tiene en frente? Quizás más complicaciones, será que encontrar el orden de las cosas no es tan sencillo en esta etapa.

Gregory Bateson, antropólogo inglés, habla de cismogénesis, dicho concepto lo define como un proceso de interacción en el que se da un cambio de dirección en un sistema que aprende (Bateson, 2006). Sabemos que los seres humanos estamos en constante cambio, hay interacción siempre, desde que nacemos y comenzamos a hacer parte de nuestra realidad aquello que nos rodea.

Siempre recibimos mensajes, los cuales su significado depende de la abstracción, de las diferencias que dan origen a las diferencias (Lipset, 1982). Dichas diferencias son las que en ocasiones comienzan a generar problemas entre adultos y adolescentes. Un niño puede preguntar a un adulto cualquier cosa, si el niño le cree o no al adulto, no suele presentar mayor problema, sin embargo el adolescente tiende a decir lo que piensa acerca de lo que lo rodea, puede o no estar de acuerdo, pero la diferencia reside en que ahora lo manifiesta y lo defiende, lo que puede marcar el inicio del alejamiento con aquello que representa el adulto.

Y es que este fenómeno de relación compleja entre adolescente y adulto es necesario, no se puede dar el cambio si esto no existiera debido al dualismo de procesos interactivos (Bateson, 2006), en donde se distingue que hacen falta dos o más organismos y un ambiente (padre, madre, adolescente, tíos, hermanos, amigos, etc., y su contexto), todo esto en interacción genera y regula cualquier proceso evolutivo. A final de cuentas el individuo adolescente se beneficiará de una manera u otra de la interacción con el adulto, pero al haber fricción con éste será un proceso doloroso, en algunos casos más que otros, desarrollando conductas que pueden redundar en la necesidad de la atención psicológica, en el mejor de los casos.

Se puede entender que el adolescente, debido a su inmadurez (lo que sea que esto signifique), establezca una relación conflictiva con el adulto; pero ¿por qué los adultos participan del conflicto y lo llevan a otros niveles de confrontación? Primero hay que tomar en cuenta que el adulto fue adolescente alguna vez, y tiene una perspectiva propia de esta etapa de vida integrada o no en su conciencia, sin embargo, ¿qué caracteriza la adultez? Insisto en no envolverme en términos de estados madurativos del desarrollo, partamos de la idea de autonomía, el adulto se puede ver como un ser autónomo aunque en realidad no lo es, sin embargo, ha desarrollado sus propios determinantes y sus propias finalidades (Morin, 1994).

Dichas características de “madurez” y autonomía le pueden dar una idea de ser racional, pero no identifica en qué racionaliza, ¿cuál es la diferencia? Que la primera admite el diálogo y la segunda no, es decir, las cosas o están bien o no lo están. Pero ¿por qué el adulto no se da cuenta de este proceso? Es probable que debido a que en su adolescencia haya tenido que ceder de manera constante ante la racionalización de otro adulto, por cuestiones socioculturales. Lo que viene a confirmar el concepto de cismogénesis, donde las pautas de organización se ven secuenciadas por pautas más amplias de organización. (Broadford, 1987).

Pero entonces ¿por qué si es un proceso natural de interacción se desarrollan conflictos? Ludewing, (1996: p.72), menciona: “Los hombres tienen un sistema nervioso operacional y funcionalmente cerrado, que no diferencia entre desencadenantes internos y externos…” ¿qué quiere decir esto? que si no identifico qué desencadena mis acciones, quizás no logre comprender el mundo que me rodea, ni mi propia conducta, siendo esto un proceso inconsciente.

Hoy día, el acceso a la información, nos ha brindado la posibilidad de entrar en contacto con un sin fin de estímulos externos, el adulto tiene la ventaja o desventaja de haber vivido más tiempo en el contexto donde se desenvuelve, sin embargo el adolescente como se dijo anteriormente tiene una perspectiva y una opinión de dicho mundo con el que a final de cuentas ha interactuado toda su vida, no pudiendo reaccionar a lo que le rodea de una manera diferente de lo que tiene en su repertorio y con una necesidad básica de conservar su integridad, (Anderson, 1994); la cual en muchas ocasiones se ve lastimada por la descalificación del adulto.

He escuchado decir a los chicos esto o aquello me “estresa”, y al adulto por su parte opinar “qué le puede estresar si no hace nada”, antes se mencionó el acceso a la información, si constantemente el adolescente escucha que el número de rechazados en la preparatoria va a la alza, al igual que los precios de diversos productos, hay que pertenecer a algo (aún sin tener idea de lo que esto quiera decir), que si las drogas, el sexo, los permisos, las relaciones, los límites, la falta de empleo, el hacinamiento y un largo etcétera podríamos decir que cabe el concepto de estrés para el adolescente, sin embargo, el adulto tiene la necesidad de proteger, cuidar, guiar, enseñar, incluso prohibir ciertas cosas a los jóvenes para mantener un equilibrio, deviniendo así un principio dialógico en donde el antagonismo adulto – adolescente es a su vez necesario a fin de que éste último se convierta en adulto, dando paso a una recursividad organizacional (Morin, 1994), donde la causa del adulto propicia el conflicto en el adolescente, que posteriormente se convertirá en adulto para nuevamente producir un efecto en uno o varios individuos adolescentes.

¿Por qué no los terapeutas demuestran a sus consultantes que tanto adultos como adolescentes son inconscientes de sus emociones y evitan consecuencias como las adicciones, las fugas de casa, el embarazo a temprana edad, etc.? Pienso que no bastaría solo con eso porque cada caso es diferente, cada individuo tiene sus propias formas de ver su propio universo:

…nos encontramos ante un complejo sistema de generalidad en alto grado abstracto que nos resulta sumamente difícil alterar.” “…La dificultad para alterar estas generalizaciones se debe al hecho de que no es en modo alguno fácil someterlas a prueba”. (Bateson, 2006: p.229)

Quizás ese sea el objetivo del trabajo con adultos y adolescentes, encontrar sus propios mecanismos, identificar sus fortalezas, sus canales de comunicación, ya que las propiedades de cada individuo y de cada familia, existen solo en ese individuo y en esa familia en particular, pretender generalizar y partir de la generalidad para alcanzar el objetivo puede culminar en más problemas, sin embargo, podemos partir de que la curiosidad es el motor de la evolución (Anderson, 1994), haciendo las preguntas que aquellos con los que trabajamos no se hacen y acompañándolos en la búsqueda de sus propias estrategias, las cuales, al encontrarlas, marcarán sus propias vidas, y a su vez las de su entorno, generando así un nuevo comienzo.

[1] Independientemente de si es su familiar o no.

[2] Con la adolescencia, el grupo de los pares cobra mucho poder. Es una cultura por sí misma, con sus propios valores sobre sexo, drogas, alcohol, vestimenta, política, estilo de vida y perspectivas a futuro…la capacidad cada vez mayor del adolescente lo habilita más y más para demandar reacomodamientos de sus padres. En Minuchin, S y Fishman, C. (1996). Técnicas de Terapia Familiar. México: Paidós. p. 39.
Bibliografía.

Andersen, T. (1994). El equipo reflexivo: Diálogos y diálogos sobre los diálogos. España: Gedisa.

Bateson, G. (1998). Pasos para una ecología de la mente. Argentina: Lohlé-Lumen.

Bateson, G. (2006). Una unidad sagrada: Pasos ulteriores hacia una ecología de la mente. España: Gedisa.

Broadford, K. (1991). Estética del Cambio. España: Paidós.

Lipset, D. (1982). Gregory Bateson. El legado de un hombre de ciencia. México: Fondo de Cultura Económica.

Ludewig, K. (1996). Terapia sistémica: Bases de teoría y prácticas clínicas. España: Herder.

Minuchin, S. y Fishman, C. (1996). Técnicas de Terapia Familiar. México: Paidós

Morin, E. (1994). Introducción al pensamiento complejo. España: Gedisa.

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